Primeros Discípulos I

Mahakashyapa

Honorable pobreza y altruismo

A pesar de que Sakyamuni murió hace mucho tiempo – según algunos registros en el año 383 a.C. – sus enseñanzas se mantienen actualmente de forma poderosa en los corazones de la gente. Naturalmente, las enseñanzas son magníficas. Pero es gracias a los numerosos discípulos de Sakyamuni, quienes las transmitieron a la posteridad, que todavía las conservamos.

Empezamos por Mahakashyapa, quien jugó un papel importante en la recopilación de las enseñanzas y quien es reverenciado por la tradición Zen como sucesor del Dharma del Buda Sakyamuni.

Unos recién casados que querían renunciar al mundo
Mahakashyapa nació en la poderosa tribu Kashyapa en el pueblo de Mahatitta en el antiguo reino indio de Magadha (actualmente al sur de Bihar). Originalmente, fue llamado Pippala porque se decía que había nacido mientras su madre descansaba bajo un pipal (árbol de la bodhi).

Innatamente inteligente, a la edad de ocho años había conocido los preceptos brahmánicos y demostrado talento en todas las áreas de la enseñanza y del arte. De todas formas, a medida que iba creciendo, empezó a disgustarle el torbellino de deseos que acompañaba los placeres de la vida de un acaudalado brahmín y deseó renunciar a la vida secular para emprender la búsqueda espiritual. 

Sus padres, contrarios a la idea, ansiaban que se casara y siguiera con el linaje de la familia. Para tranquilizarles, aunque fuera en contra de su voluntad, se casó. De todas formas, resultó que su
nueva mujer también deseaba renunciar a la vida secular. Y, a pesar de estar casados, ambos hicieron el voto de vivir una vida pura libre de todo deseo.

El encuentro con Sakyamuni
Un día, doce años después, después de morir los padres de ambos, Pippala observó un gran número de gusanos en unas judías puestas a secar en una esterilla y se entristeció por las muchas pequeñas vidas que había estado tomando inconscientemente día tras día. Después de esto, decidió emprender la vida religiosa.
Saliendo en busca de un buen maestro y prometiendo informar a su mujer cuando lo hubiera encontrado, empezó su anhelada vida de formación religiosa. Se dice que el mismo día en que Pippala tomó su decisión, Sakyamuni alcanzó la iluminación bajo el árbol de la bodhi.
Por ser un miembro de la tribu Kashyapa, Pippala recibió el nombre de Gran Kashyapa, o Mahakashyapa. Un día, mientras estaba viajando de pueblo en pueblo en disciplina religiosa, se topó con Sakyamuni rodeado por muchos discípulos. Sobrecogido por la gran nobleza de Sakyamuni, Mahakashyapa se postró y, proclamando que no había otro maestro para él, pidió ser aceptado como discípulo.
Percibiendo la total honestidad de Mahakashyapa, Sakyamuni le instruyó asiduamente en las enseñanzas. Y, en ocho días, Mahakashyapa alcanzó la iluminación. Su mujer se hizo monja y, después de someterse a la disciplina religiosa, alcanzó también la iluminación.

La felicidad en la comida humilde
Mahakashyapa fue el más estricto de todos los discípulos en las prácticas ascéticas. Abandonó todo interés por la comida, la ropa y la casa, y vivió una vida simple con los requisitos mínimos para mantenerse vivo. Se atuvo a las doce prácticas designadas para eliminar todas las formas de ataduras.

  • Formarse en un lugar silencioso lejos de las viviendas humanas.
  • Comer únicamente comida conseguida mediante la mendicidad religiosa.
  • Mendigar de puerta en puerta ordenadamente, sin saltarse ninguna y sin tener en cuenta si era una morada rica o pobre.
  • Limitar la limosna a una comida por día.
  • Comer moderadamente.
  • No comer nada después del mediodía.
  • Hacer prendas de vestir de harapos desechados.
  • Tener únicamente el hábito prescrito por Sakyamuni.
  • Vivir en un cementerio.
  • Vivir debajo de un árbol en un bosque silencioso.
  • Sentarse en tierra desocupada.
  • Estar siempre sentado y nunca tumbado.

La siguiente anécdota muestra hasta qué punto Mahakashyapa se atuvo a estas normas. “Entrando en un pueblo para mendigar, me acerqué cortésmente a un hombre muy enfermo quien extendió una mano en estado de putrefacción que contenía una pequeña cantidad de arroz. Cuando el hombre echó el arroz en mi cuenco de mendicación, uno de sus dedos putrefactos también cayó en él. Me senté al lado de una cerca e ingerí la comida. Me sentía lleno de gratitud.”

Ignorando los finos manjares de los ricos, Mahakashyapa siempre pidió a los pobres. Sus toscos ofrecimientos le deleitaban porque, recibiéndolos, proporcionaba a los donantes oportunidades para obtener méritos. Cierto pueblo no sabía qué hacer para tratar con algunos rapaces monjes en formación. Mahakashyapa se ganó el profundo respeto de los aldeanos explicándoles qué hacer para vivir con paz mental. Incluso cuando Sakyamuni estaba en el grupo, en algunas ocasiones, los niños se apresuraban para hacer ofrendas a Mahakashyapa.

Asceta de toda la vida
Cuando Mahakashyapa se hizo mayor, Sakyamuni empezó a preocuparse por su condición. Los hábitos formados por harapos probablemente eran pesados y gravosos. Sakyamuni le dijo: “Eres un hombre anciano. ¿Por qué no llevas hábitos más ligeros y limpios y, en vez de estar siempre mendigando, aceptas invitaciones a comidas de creyentes. Hace frío en el bosque. ¿Por qué no vienes y vives en mi templo?”
A pesar de estar agradecido por estas palabras de amable preocupación, Mahakashyapa respondió: “La forma de vida asceta me hace más feliz que cualquier otra cosa. Permaneciendo en ella, pongo un buen ejemplo y animo a generaciones más jóvenes.”
Sakyamuni apreció enormemente su actitud y, sin dejar de mantener un ojo de cuidadoso sobre él, permitió a Mahakashyapa que hiciera lo que deseaba.

 Líder de la Orden
            Su profunda sinceridad fue tan altamente apreciada que, en sus últimos años, Mahakashyapa ayudó a Sakyamuni como venerable anciano de la Orden. Cuando se le comunicó la inminente muerte de Sakyamuni, Mahakashyapa estuvo tan sobrecogido por el dolor que se desmayó.

Incluso antes de recuperarse totalmente de su dolor, tomó la importante decisión de recopilar y ordenar el gran número de enseñanzas y preceptos monásticos de Sakyamuni para que pudieran ser transmitidos correctamente a la posteridad. También decidió llevar a cabo preparativos para la tarea ganándose la aprobación de los demás discípulos.
            Muy pronto reunió a todos los venerables ancianos en lo fue el Primer Concilio. Entre los presentes se hallaba Ananda, quien habiendo estado constantemente al lado de Sakyamuni, había escuchado el mayor número de sus enseñanzas. Su prodigiosa memoria probó ser valiosa en la recopilación de las enseñanzas.
Mahakashyapa se convirtió en líder de la Orden tanto de hecho como por nombre. Veinte años después de la recopilación de las enseñanzas, siendo consciente de que se acercaba el momento de su propia muerte, confió la Orden a Ananda y escaló el monte Kukkutapadagiri. La tranquilidad de sus últimos momentos fue realmente meritoria de la dignidad del hombre. Esparció hierba sobre el suelo y se sentó encima de ella a meditar, con el hábito y el cuenco de mendicación de Sakyamuni a su lado. Uniendo las palmas de sus manos en actitud reverente y orando por la paz de todos los seres vivientes, entró en el estado de meditación y silenciosamente respiró por última vez. Se dice que en el momento de su muerte las montañas que le rodeaban se desmoronaron con un estruendo y Mahakashyapa se volvió uno con ellas.
Satisfecho con lo mínimo y siempre honesto, Mahakashyapa no fue sólo un gran asceta, sino también, en sus últimos años, el centro unificador de la Orden y la fuerza motora tras la gran tarea de recopilación de las enseñanzas budistas. Se puede decir que el budismo nunca se hubiera desarrollado sin él. El hecho de que un discípulo tan maravilloso le venerara, demuestra la grandeza del mismo Sakyamuni.  
   

En cierta ocasión el Venerado por todo el mundo alzo una flor y pestañeó,
suscitando la sonrisa de Kasyapa. Entonces el Venerado dijo:
 -” Tengo conmigo el Tesoro del Ojo del Verdadero Dharma y la maravillosa mente del nirvana,

 y se lo he transmitido a Mahakashyapa”.





Fuente:
BOLETÍN MENSUAL DE LA ASOCIACIÓN BUDISTA SOTO ZEN ARGENTINA (ABSZA)
del Monje Budista Zen Rev. Ricardo Dokyu
Editor Responsable Daniel Dai On (monju.dojo@gmail.com)









Sariputra,

El Sabio

Conocido como el más sabio de los Diez Principales Discípulos de Buda, Sariputra fue un modelo para todos los demás monjes y un líder para la Orden. Podemos aprender mucho de su vida.

            Gracias a su profundo conocimiento y su capacidad para el discurso analítico, a Sariputra se le conoce como el “Mariscal del Dharma”. También es muy reconocido por su amabilidad con los demás monjes, sobre todo con los más jóvenes y los ancianos. Fue preeminente entre los principales discípulos del Buda, pero muy modesto y su lealtad y profunda relación con su amigo de la niñez, Modgalyayana, ellos han sido ha sido por muchos años un arquetipo de la amistad espiritual budista.

En un pueblo Brahman, llamado Nalandagrama, en el antiguo reino de Magadha, cierto hombre fue famoso por su habilidad retórica. De todas formas, una vez, un joven orador sacó lo mejor de él. A pesar de ser el vencedor, el hombre más joven se mantuvo modesto y sensible hacia los sentimientos de su compañero. Por este motivo, el hombre más anciano le concedió a su hija para que la desposara. Más tarde, la pareja tuvo un hijo que llamó Upatishya, quien más adelante recibiría el nombre de Sariputra.

Cerca de Upatissa se encuentra la aldea de Kolita, donde nació otro niño de grandes dotes, Modgalyayana. Desde niños, él y Sariputra fueron grandes amigos. En una ocasión, los dos fueron a un festival anual en Rajagraha. Observando las banales formas en que las personas pasaban el tiempo en la festividad, a Sariputra le sobrevino la sensación de una triste futilidad en todo ello. “Tarde o temprano”, le dijo a su amigo, “todas estas personas habrán muerto. Eso nos incluye a ti y a mí. Todos. Cuando la muerte nos pisa los talones de esta manera, ¿qué caso tiene desperdiciar el tiempo con semejantes distracciones?”. Fue allí, en ese instante, cuando él y Modgalyayana decidieron marcharse y buscar un camino de liberación.

En busca de la Verdadera Enseñanza
Partiendo en busca de la Vía, viajaron por toda la India intentando encontrar un buen maestro, pero fue en vano. Entonces, un día, Upatishya conoció al Venerable Assagi, uno de los primeros monjes que obtuvo la iluminación bajo la guía de Sakyamuni. La resolución con la que se ocupaba de su mendicación impresionó mucho a Upatishya, quien, preguntando a Assagi quién era su maestro, dijo: “Bien, amigo, explícame tanto o tan poco como quieras pero asegúrate de explicarme el espíritu de la doctrina.” 


¿Quién eres? ¿Y quién es tu maestro?”.

“Soy Assagi, contestó el monje. “Dejé el hogar y seguí al Tathágata, el gran maestro iluminado que viene de la tierra de los shakyas”.

“¿Cuál es la doctrina de este gran maestro iluminado?”, preguntó Sariputra, mientras empezaba a estremecerse por la emoción.

“No te lo puedo decir con detalle”, respondió Assagi, “hace muy poco tiempo que decidí seguirlo y aún me falta mucho por aprender”.

“Pero, por favor, me bastará con escuchar los puntos principales”, insistió Sariputra.

Assagi reflexionó unos instantes y luego, mirando de frente al joven, pronunció lo que habría de convertirse en una de las más famosas citas en todo el cuerpo de enseñanzas budistas.

De aquellas cosas que surgen por alguna causa,
el Tathágata ha dicho cuál es la causa
y también señaló su punto final.
Ésa es la doctrina del Gran Renunciante.[1]

Sariputra se cimbró cuando escuchó esto. En un destello, la verdad de la doctrina del origen dependiente impregnó su ser y una percepción liberadora inundó su mente. En ese mismo momento se convirtió en un entrante a la corriente.

Assagi sólo le contó una parte de la enseñanza de Sakyamuni. De pronto, Upatishya comprendió y alcanzó el elevado estado espiritual precedente a la plena iluminación. Con el corazón alegre, llevó a Kolita con él a ver a Sakyamuni. 

En el Monasterio Venuvana o, en aquellos tiempos, bosquecillo de bambú, Sakyamuni les vio aproximarse desde la lejanía y predijo que, algún día, se convertirían en dos de sus Principales Discípulos. Cuando se convirtieron formalmente en discípulos de Sakyamuni, Upatishya obtuvo el nombre Sariputra y Kolita el nombre Maudgalyayana.

            Un día, Sakyamuni y un monje en formación visitaron la cueva en la que vivía Sariputra. Aunque el sermón no iba dirigido a él, Sariputra oyó lo que dijo Sakyamuni, entendió cada palabra y obtuvo la verdadera iluminación.

 Esto sucedió el 14º día después de haber sido admitido en la Orden. Sakyamuni reconoció el bien que Sariputra había hecho en existencias previas. Después, Sariputra y Maudgalyayana siguieron con diligencia la Vía budista, sirviendo como ejemplo a otros monjes.  

Espíritu Noble
            Su impertérrita calma hizo que Sariputra ganara la confianza de muchos creyentes. Para probar sus poderes espirituales, una vez cierto Brahman golpeó a Sariputra en la espalda mientras caminaba. Sariputra prosiguió su camino como si nada hubiera sucedido. Oyendo esto, Sakyamuni dijo: “Las personas iluminadas han eliminado la rabia.” 

En otra ocasión, cierto monje que había recibido algo de comida como recompensa por un tratamiento médico, orgullosamente lo ofreció a Sariputra, quien, rechazando el ofrecimiento, se levantó y partió. Sakyamuni recomendó que los monjes no recibieran ningún tipo de recompensa. En esta ocasión, alabó la actitud de Sariputra. Dijo: “La persona que, observando la locura de otra persona, se reprende a sí misma, puede vivir con el conocimiento del dolor oculto en la locura del otro.”

            Puesto que viajaba voluntariamente de lugar en lugar propagando las enseñanzas, Sariputra atrajo a muchos discípulos, quienes le respetaron profundamente. Éstos, incluían a sus propios hermanos y familiares, y a un huérfano a quien educó para que se convirtiera en monje. 

A menudo, los dos amigos trabajaban juntos en servicio del Buda y de la sangha. Después de que el ambicioso primo del Buda, Devadatta, había creado un cisma y se había llevado con él a 500 jóvenes monjes hasta el Pico del Buitre, el Buda envió a Sariputra y Modgalyayana para recuperarlos. Cuando Devadatta los vio venir creyó que habían decidido unirse a su facción y les dio la bienvenida, nombrándolos sus principales discípulos. Esa noche, mientras él descansaba, los dos, ya mayores, hablaron con los monjes ahí reunidos, los condujeron a la entrada a la corriente y los persuadieron para que volvieran con el Buda.[2] 

El discípulo sabio del Buda
Con su aguda inteligencia, Sariputra desarrolló pronto la reputación de haber adquirido una capacidad analítica superior. Lo cierto es que se le considera el padre del entrenamiento espiritual a partir del Abhidharma. No obstante, su manera de enseñar también podía ser muy sencilla y directa.

Una vez, llegó con él un asceta que quería debatir acerca de la vida espiritual. “¡El nirvana!”, exclamó. “¡Ustedes, seguidores del Buda, siempre andan persiguiendo el nirvana! ¿Exactamente, a qué se refieren con ese nirvana?”

“A terminar con la avidez, la aversión y la ignorancia. Eso es el nirvana”, le respondió, sencillamente.[3] 

Cómo percibe a Sariputra el Budismo Mahayana
Quizá sea porque se le relaciona con la tradición del Abhidharma tardío, pero las escrituras del Mahayana suelen representar a Sariputra como un icono de una manera muy estrecha y restringida de abordar la práctica del Dharma. Por ejemplo, el Sutra del Corazón, donde las categorías fundamentales del Abhidharma se exhiben como carentes de una esencia duradera y, de hecho, vacías, está dirigido a Sariputra. Sin embargo, se trata de un recurso retórico. El verdadero Sariputra estaba muy lejos de ser tan sólo un hinayanista de mente estrecha y tampoco era un simple monje erudito.

La excepcionalidad de Sariputra
En alguna ocasión, cuando él y Modgalyayana habitaban juntos en Kapotakandara, Sariputra estaba meditando al aire libre bajo la luna llena, con la cabeza recién afeitada. Un demonio malicioso pasó por ahí, lleno de rencor y le dio un fuerte golpe en la cabeza, pero Sariputra estaba tan absorto en su meditación que apenas lo notó. Modgalyayana, con sus poderes sobrenaturales, observó todo el incidente.

“Amigo, ¿estás bien? ¿No te dolió? ¿Cómo te sientes?”, le preguntó.
“Me siento muy bien”, respondió Sariputra, “aunque, ahora que lo preguntas, me duele un poco la cabeza”.
“¡Es increíble!”, exclamó Modgalyayana, “¡un demonio pasó y te dio tal golpe que habría derribado a un elefante o habría partido la cumbre de una montaña y lo único que dices es que te duele un poco la cabeza!”.
“¡Aún más fascinante es que hayas visto pasar a ese demonio! ¡Qué grandes son tus poderes mentales!”, dijo Sariputra. “Yo ni siquiera he visto a un duende de los que habitan en el lodo”.

El Buda, que escuchaba esa conversación con su oído divino, alabó a Sariputra con un udana, “pronunciamiento inspirado”:

Hay quien conserva su mente inamovible como una roca, desapegado de las cosas que suscitan el apego, inalterable ante las cosas que provocan el enojo, ¿cómo puede afectar a alguien el sufrimiento cuando ha cultivado su mente de esa manera? [4]

Generoso y paciente
Sariputra era reconocido por su generosidad y su buena disposición. Cuando los demás monjes hacían su ronda matutina para pedir limosna él se quedaba atrás para hacer el aseo, tirar la basura y arreglar con esmero todo lo que pudiera pertenecer a la comunidad. Luego visitaba a quien pudiera estar enfermo y se aseguraba que tuviera cualquier cosa que pudiera necesitar. Cada vez que el Buda daba un paseo con un grupo de monjes, Sariputra no iba a la cabeza, como seguramente debería corresponderle, sino que ayudaba a los ancianos, a los más jóvenes y a los enfermos, untándoles aceite en las lesiones que pudieran tener, antes de salir a alcanzar a los demás.

Se dice que Sariputra enseñaba con infinita paciencia. Reprendía, aconsejaba e instruía hasta cien o mil veces, para que sus alumnos entraran a la corriente. El Buda solía ensalzarlo por su dominio del Dharma y por la habilidad con la que exponía:

Oh, monjes, Sariputra ha penetrado tan bien en la esencia del Dhamma (dhammadhatu) que si se le preguntara durante un día acerca de ello con diferentes palabras y frases, Sariputra respondería durante un día con diferentes palabras y frases. Y si yo le preguntara durante una noche, o durante un día y una noche, o durante dos días y dos noches, o hasta durante siete días y siete noches, Sariputra expondría la materia durante el mismo período, con diferentes palabras y frases.[5] 

Su último encuentro con el Buda
Hacia el final de sus días, el Buda se estaba quedando en la Alameda de Jeta, en Shravasti, cuando llegó Sariputra acompañado de varios seguidores. Tras saludar al Buda, Sariputra le dijo que ya había llegado el último día de su vida en la tierra. ¿Le parecía bien al Buda si moría ahora Sariputra? El Buda le preguntó si había seleccionado ya el sitio donde habría de morir.

“Nací en la aldea de Upatissa, en Magadha”, respondió Sariputra. “Aún sigue en pie la casa donde nací. Ahí me gustaría morir”. “Querido amigo, debes hacer lo que te parezca mejor”, contestó el Señor. “Que el Buda me perdone mis faltas”, dijo Sariputra. “No hay nada que perdonar”, declaró el Buda y Sariputra se fue sin darle la espalda. [6]


Reconciliación
En sus últimos años, Sariputra estaba preocupado por saber que su madre le odiaba porque él y todos sus otros hermanos habían renunciado a la vida secular y dejado a la familia sin un heredero para administrar su fortuna. Sufriendo un ataque de diarrea y siendo consciente de que su muerte estaba cerca, fue a ver a su madre por última vez. Ella estaba perpleja al ver a divinidades descendiendo de los cielos para ver al enfermo.

Ella dijo: “¡Hijo, eres superior a los dioses!”
Él contestó: “¡No, Sakyamuni es superior a todos!”

Entonces, su madre escuchó lo que tenía que decir su hijo y abrió su mente a la Vía de Buda. Con la mente tranquila, Sariputra murió en paz, dándose dos semanas después la muerte de Maudgalyayana.

Sakyamuni dijo a los monjes que sufrían y lamentaban la pérdida de Sariputra: “Los Budas del pasado tuvieron discípulos excepcionales y los Budas del futuro también los tendrán. Nada en este mundo es para siempre. Confiar en vosotros mismos y poner vuestra creencia en las enseñanzas de Buda.” Los discípulos que quedaron tomaron el mensaje a pecho y siguieron con diligencia la Vía de Buda.  



[1] Citado por Nyanaponika Thera y Hellmuth Hecker, Great Disciples of the Buddha, Wisdom Publications, Boston 1997, p. 7. El relato completo se encuentra en el Vinaya i.39 en adelante
[2] Vinaya ii.12;iii.182-183
[3] Samyutta-Nikaya iv.251
[4] Udana iii.iv, citado en Great Disciples of the Buddha, p. 37
[5] Samyutta-Nikaya xii.32, citado en Íbid., p. 46
[6] Fuentes de Consulta: Teachers of Enlightenment, Kulananda, Windhorse Publications.
y Zen Friends – A Guide to the Buddhist Way of Life – SOTOSHU SHUMUCHO



Fuente:
BOLETÍN MENSUAL DE LA ASOCIACIÓN BUDISTA SOTO ZEN ARGENTINA (ABSZA)
del Monje Budista Zen Rev. Ricardo Dokyu
Editor Responsable Daniel Dai On (monju.dojo@gmail.com)




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